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"Una novela debe mostrar el mundo tal como es. Como piensan los personajes, como suceden los hechos... Una novela debería de algún modo revelar el origen de nuestros actos" Jane Austen.

miércoles, 9 de julio de 2014

Capítulo 11




Cerró la puerta tras ella y suspiró, apoyando la espalda en la madera. Fuera, había una brisa agradable que le acariciaba el rostro mientras le daba vueltas a lo acababa de pasar arriba. Los problemas empezaban a apilarse, como hacía meses, cuando sentía esa sensación de ahogo constante. La sensación de que un paso en falso podía arruinarlo todo.

Metió las manos en los bolsillos de la chaqueta de Andrew y esperó a Mathilde sentada en el escalón de la casa, observando a los transeúntes que paseaban aquella mañana de domingo. Pasó una mujer mayor, de pelo canoso y gesto amable, con un niño pequeño de unos seis años.

                -¡Quiero un helado de fresa! ¿Podemos llevarle uno al abuelo?-Preguntó el pequeño, tirando de su brazo.

                -Ya has tomado un helado esta mañana, puede que esta tarde… pero tienes que portarte muy bien-contestó ella, alzando un dedo en su dirección.

Su respuesta fue un cúmulo de saltitos y asentimientos de cabeza. Todo a la vez.

La mujer miró un segundo a Julieta y le sonrió. Ella le devolvió el gesto y los vio alejarse por la acera, aún con la escena grabada en su retina. Sintió una punzada en el pecho, un dolor extraño, provocado por el agujero de aquellos escasos días de felicidad con Elliot. Cuando los problemas pasaban a un segundo plano porque eran capaces de eclipsarlos, sólo por el hecho de ser ellos.

Pasados unos minutos, escuchó el sonido de los frenos de un coche, seguido de varios pitidos de los vehículos que transitaban la calzada. Julieta vio aparecer un Audi negro a gran velocidad, dirigiéndose hacia ella. Tragó saliva y retrocedió un par de pasos, por precaución. Entonces, el coche aparcó con rapidez justo enfrente de ella, dificultando el tráfico.


Julieta respiró hondo, notando como el corazón estaba a punto de salírsele del pecho. Tenía las ventanillas tintadas y no se veía quien era su ocupante. Su instinto le susurró que saliera de allí. Pensó en correr, en gritar… pero estaba paralizada por un escalofrío que recorría todo su cuerpo.

De repente, la puerta del copiloto se abrió. No iba a valerle de nada correr o gritar, ni siquiera pensaba ya en ello después de ver quien conducía.

Jess la miró con una sonrisa maliciosa.

                -Estás un poco pálida, tranquila, no voy a intentar matarte… -dijo, como si aquella conversación resultara de lo más cotidiano- otra vez. Sólo quiero que hablemos.

Sus pies temblaron, dudosos en si debían avanzar y adentrarse en ese plan tan turbio. Se fijó detenidamente en ella. No llevaba ese espectacular y agresivo aspecto de siempre, sino que parecía alguien normal. Una chica… normal. Su maquillaje era simple, lejos de las sombras negras que Julieta veía en sus pesadillas, y de sus labios de un intenso color burdeos. Su pelo alborotado y pelirrojo, ahora estaba liso y recogido en una coleta. Hasta su ropa había cambiado para mejor. Llevaba vaqueros y camisa estampada de flores.

                -¿Qué quieres?-preguntó Jul en un hilo de voz.

Jess cogió aire y la miró fijamente, apretando la mandíbula.

                -Hablar.

Su expresión era lo único que seguía como siempre. Julieta cerró los ojos un momento, mareada, aceptando lo inevitable; ella movía los hilos y no podía negarse a una de sus peticiones. Estaba atada de pies y manos, cegada por la furia de ser incapaz de controlar sus actos. 

La pelirroja había avanzado terreno en los últimos meses. Sabía a la perfección como jugar sus cartas, en cómo hacer que el espacio entre el deber y la responsabilidad de Julieta con ella, se estrechara peligrosamente. Era el macabro resultado de las circunstancias, de un mal paso, de la suerte… o del destino.

Para Jul significaba culpabilidad, un mal paso que la llevaba hasta un vehículo con los cristales tintados.

                -¿Por qué debería hacerlo?-preguntó y tragó saliva para sonar entera- Meterme en un coche… claramente de incognito, contigo. No es muy inteligente.

                -Cariño, vengo en son de paz. Además, ya sé que sabes defenderte. No quiero pelear contigo. Sólo quiero hablar, no es lo que crees-explicó Jess, más apaciguada que de costumbre.

Hubo algo en sus palabras que logró interesarle. Julieta sabía que su comportamiento no era el habitual, el de la noche anterior y aquello sólo hacía presagiar que algo le había hecho cambiar de parecer. Así que finalmente, se dejó llevar y se metió en el coche, echando un último vistazo a la casa de Andrew.

Jess metió un pendrive en la ranura del coche y comenzó a sonar una canción de The Strokes de fondo.

                << ¿Dónde te has metido, Julieta?-pensó para sí, alejándose de la calle>>

                -Cinturón, por favor-rogó Jess, cuyos ojos estaban fijos en la carretera.  

Jul la escudriñó con el ceño fruncido, intentado indagar en sus intenciones, lo cual resultaba realmente difícil, dado su historial y su actual cambio de registro. Lo único que se le ocurrió fue que no fuera ella misma, sino una versión menos diabólica que quería compensarla, una hermana gemela buena. Cada una de sus absurdas teorías, le provocaban dolor de cabeza, mientras desmenuzaba cada una de sus palabras “Sólo quiero hablar”. Empezaba a tener calor, a notar como su pecho se elevaba cada vez más deprisa, hiperventilando. 

Se esforzó por apaciguar su respiración, pero tenerla a pocos centímetros, en ese estado ciego de información, lo hacía algo imposible.

Tenía miedo a hablar, a desencadenar su furia por una palabra fuera de lugar. Sentía que andaba entre figuras de cristal, pendientes de hilos muy finos que colgaban del techo. Un paso en falso podía culminar esa falsa armonía.

                -¿A dónde vamos?-cuestionó finalmente, tensa.

Jess suspiró y apretó las manos entorno al volante, haciendo que el color de sus nudillos pasara a ser blanquecino.

                -Mira, no espero que me creas, nuestros encuentros en el pasado han sido algo violentos…
Julieta se removió en el asiento y la miró con una sonrisa irónica sobre los labios.

                -¿Violentos? ¡Intentaste matarme! ¡A mí! ¡A Elliot…!-Explotó, nerviosa, respirando con dificultad- ¡¿Qué se supone que tengo que creerme de ti?! ¡Estás loca!

                -Tú me has destrozado la vida-le incriminó ella, en voz baja y sin mirarla.

                -¡Y me arrepiento! ¡Pero no tenía otra opción! ¡Ibas a matarme! ¡Tenías un arma! ¡Lo siento… lo hice en defensa propia! Estás loca… ¿Quién me asegura que no vas matarnos a las dos en este coche?

Los gritos salían de su garganta sin meditarlos un segundo. Estaba llena de furia contenida, de frenesí y adrenalina, provocando un sentimiento imparable que nunca se había atrevido a tener con Jess.

Julieta la miró de reojo. Seguía con la vista fija en la carretera y mantenía un gesto inexpresivo, lo que conseguía alterarla aún más. Empezaba a costarle demasiado respirar, como si el aire se agotara por momentos y cada exhalación tuviera menos oxígeno para sus pulmones.

Intentó abrir la ventanilla, pulsando el botón de la puerta del copiloto varias veces, pero estaba bloqueado. Se giró para mirar a Jess, llevándose las manos al pecho.

                -Eh, tranquila, relájate…-murmuró Jess con calma.

                -Abre las ventanas-le rogó, empezando a visualizar pequeños puntos brillantes en sus ojos-¡JESS! ¡Abre las ventanas! ¡ABRELAS!

Jess la observó unos segundos, con el rostro crispado y las abrió deprisa.


Notó un alivió inmediato al sentir el viento rozando su rostro. Se dejó caer en el asiento e inhaló con violencia, recomponiendo sus latidos. La cabeza le dolía horrores y notaba un líquido cálido en la nariz. Se llevó la mano a la cara y vislumbró sus dedos manchados de sangre. Después miró a su acompañante, que la miraba intermitentemente, con gesto preocupado.

                -Estás… pálida-dijo, pausadamente.

                -¿Qué… quieres de mí?-preguntó Jul.


                                                                                              ***

                <<-Bienvenida a casa, nena-exclamó Elliot.

Le rodeaba la cintura con su brazo, en actitud protectora. Estaba sonriente y entusiasmado, como si lo pasado en los últimos días no importara. Julieta intentó imitar su gesto, pero le salió una extraña mueca de desagrado. Caminaron despacio por el hall, un lugar cálido de dónde emanaba esa rara tranquilidad, de la que sólo disponen la clase de sitios que te hacen sentir en familia.

                -Es genial-reconoció, no muy convincente.

Ella quería disfrutar de ese momento, del instante de "pareja normal” que le ofrecían sus vidas después de que un conjunto de acontecimientos las truncara. Lo difícil, radicaba en enterrar lo que estaba vivito y coleando. Lo que nadie debía conocer, la razón por la cual Julieta no podía pegar ojo desde que volviera a la vida, la razón por la que se aferraba a la consciencia y a un teléfono móvil, sin mirar siquiera un momento al frente y fijarse en la vida que trascurría segundo a segundo. Justo en sus narices.

Después de convencerse de su propia y desquiciada culpabilidad, cuando pensamientos extremos le habían llevado a tomar medidas desesperadas, y con ello, un sinfín de consecuencias, descubrió la verdad: Dura, sin adornos ni florituras, y tan desquiciante que le llevó un tiempo reaccionar ante esa verdad.

Era todo cierto. Su realidad. La historia desesperada de una enferma de cáncer con pocas posibilidades de supervivencia. La de una mujer que descubre que su marido ha sido agredido por una loca ciega de celos… la misma que los secuestra y hace peligrar su futuro en un barco atracado junto al río.

¿Y sí descubres que tu pesadilla no es en realidad una pesadilla? Había intentado por todos los medios hacer caso a los médicos, a los policías y a su propia familia. Hasta el punto de no creerse su propia versión. Hablaba su tumor y no ella: Jess no estaba allí. Ella y sólo ella, una importante abogada con una vida estable, era quien se dedicaba a inventar una historia que culminaba atacando a Elliot.

La razón de su existencia. 

Incluso Elliot, por la pérdida de sangre y el shock acumulado se veía obligado a verla como la auténtica culpable.

Un plan perfecto.

Él no presentó cargos y la empatía del mundo ante una pobre joven con los días contados, hizo el resto.


Julieta se sentó cansada en uno de los sofás y se tocó con nerviosismo la cicatriz de la frente.

                -Puede que pueda ver a Isaac ya… Estoy recuperada-murmuró, mirando hacia el suelo.

Levantó la vista para fijarse en la expresión de desaprobación de Elliot. Él frunció el ceño y le dedicó una media sonrisa.

                -Ya sabes lo que han dicho los médicos. Debemos esperar un poco, saber que estás… estable.

Se le encogieron las tripas y tragó saliva para no vomitar con la última palabra. Ahora buceaba en una especie de tratamiento mental que se basaba en descubrir si había perdido la cabeza. Y aquello conllevaba no poder cuidar a su propio bebé.

Dos veces en semana, debía acudir a un psiquiatra con el que charlaba una hora. Los temas eran muy variados; desde los acontecimientos del día a sus sentimientos en determinados tramos horarios. Desde su vida hasta aquel momento, al posible odio que cosechaba hacía Elliot.

                -Claro… estable-repitió con asco.

Se puso en pie y subió con velocidad las escaleras, evitando su contacto en todo momento, ignorando sus “nena…” con esa pronunciación llena de culpabilidad. Se metió en el baño y cerró la puerta, después se sentó en el borde de la bañera y observó la pantalla de su iPhone. Notaba las punzadas de odio al mirarlo, como si aquel aparato pudiera cambiar los acontecimientos a su antojo.

Entonces, vibró en su mano.

Le bastó un segundo para comprobar de quien se trataba. Jess.

Otro para descolgar.

                -Supongo que cada vez te medican menos…-murmuró una voz ronca, que se esforzaba por respirar.-Ahora respondes con mayor… rapidez. Eso es genial.

                -Sí, algo así... ¿Cómo…?-la pregunta se quedó en el aire porque le pareció demasiado irreal saliendo de sus labios.

                -Viva… ¿Cuándo…? ¿Cuándo puedes venir a verme?-Cuestionó, casi en tono de súplica.

                -Me tienen controlada, acabo de salir de la clínica y Elliot está muy… pendiente.

Hubo un silencio, en el que Julieta sintió un escalofrío casi familiar. Uno de aquellos que llevaba semanas sintiendo.

                              -Dios, Julieta… Llevo días sobria y postrada a una cama. Sólo te pido unos minutos. Unos segundos de tu valioso tiempo-susurró lentamente-Necesito verte.

Ella sopesó sus palabras y sus propias posibilidades. No tenía ni idea de que se le pasaba por la cabeza, pero reconocía el miedo, la necesidad de indagar en aquel  problema sin solución.

<<Te mataré si dices algo-recordó, en la voz moribunda de Jess>>

                -Envíame la ubicación al móvil. Salgo en cinco minutos.>>

                                                                              ***

Despertó con el sonido estridente de una voz que le gritaba. Abrió los ojos y vislumbró como poco a poco un conjunto de imágenes borrosas se volvían cada vez más nítidas. Estaba en lo que parecía una sala de trauma de un hospital y una médica le sonreía, sosteniendo una pequeña linterna que apuntaba hacia el techo.
Recordó esa sensación, la de la imposibilidad de controlar su cuerpo, la de aparecer en algún sitio desconocido sin saber muy bien cómo. Dio un respingo e intentó incorporarse, pero los brazos de aquella mujer rubia de rostro infantil se lo impidieron. Llevaba una bata blanca adornada con un pin de tela en forma de oso sonriente.

                -Tranquila, Julieta, estás en urgencias. Te ha traído Anna, estás bien-explicó amablemente-Incorpórate con cuidado.

Su mente intentaba procesar toda esa información, al tiempo que se preguntaba quién era Anna.

                -Me duele… la…-gruñó, parando en seco por los pinchazos en sus sienes.

                -Es normal. No te esfuerces  demasiado. Estás cansada, sólo eso.

Entonces, volvió al coche y a su ataque de pánico. Fue entonces cuando la vio, apoyada en el marco de la puerta. Jess… que ahora debía ser Anna. Le sonrió y se acercó poco a poco a las dos. Jul la siguió con la mirada, manteniendo el ceño fruncido.

                -¡Cariño, estás bien!-exclamó Jess, quien había conseguido que sus ojos parecieran vidriosos. Se acercó y le cogió la mano con fuerza.

Julieta intentó aparentar normalidad, conmocionada por ese cariño teatral que le provocaba nauseas. Estaba exhausta, hundida por su propio peso y el repiqueteante dolor de cabeza. Agravado por esas nuevas y extrañas “circunstancias”.


                -Sólo ha sido una hemorragia que hemos controlado, Julieta. Puede que debieras ir a tu médico después de este susto. Anna me ha puesto al corriente de tu historial y de que acabáis de llegar desde Inglaterra-prosiguió e hizo una pausa, mirándolas a las dos con admiración-Hacéis una pareja encantadora. Voy a enviar a una enfermera para que te haga una TC y unos análisis. Un poco de rutina no es nada ¿Verdad?-estrechó el hombro de Jess antes de darse la vuelta-Os veo luego…

Cuando cerró la puerta, la sonrisa de Jess se disolvió drásticamente. Se acercó más a la cama, en actitud tensa y bufó cerrando los ojos unos segundos. Luego la miró y su respiración se relajó.

                -¿Estás bien?-preguntó en tono frío. No el suficiente para ser normal en ella.

Julieta la contempló unos segundos y asintió. Realmente parecía diferente… y aquello, lejos de tranquilizar, aterraba. Luego estaba el hecho de que en esa realidad, eran pareja y que nada tenía sentido.

                -¿Me desmayé? ¿Dónde estamos?-la interrogó, en un hilo de voz.

Ella se cruzó de brazos y se sentó en uno de los sillones.

                -Estamos en un Hospital de Jersey, no quieras hacer más preguntas…-dijo, negando para sí.
Julieta observó que estaba incómoda, como si se sintiera culpable y mal consigo misma por lo que estaba pasando allí dentro.

                -¿Cuánto llevo dormida?

                -Unas cinco horas. Me aseguraron que era mejor que descansaras.

Eso la pillo desprevenida. Se incorporó de golpe y contuvo la respiración, reflexionando en el tiempo que había pasado desde que salió de casa de Andrew… en la de probabilidades que había de que todos se estuvieran preocupando por su injustificada ausencia.

Salió con dificultad de las sábanas y se sentó en la cama, intentando quitarse los tubitos transparentes que rodeaban su cabeza.

                -¡Eh! ¡Qué coño haces!-Exclamó Jess entre susurros.

                -Llevo horas fuera… no tengo mi teléfono encima ¿Qué crees que estarán pensando?-bramó, sacando fuerzas invisibles para hacerlo. Le dedicó un gesto de odio y volvió a centrar su atención en la vía de su brazo.

                -A ver… Estás enferma, te guste o no-río Jess, empujándola hacia el colchón con suavidad-No estoy dispuesta a que pase lo mismo en el coche.

                -¿Pero que pasa contigo? ¿Ahora te preocupas por mi salud?-gritó Julieta, vislumbrando lucecitas en sus ojos.

Entre los puntitos de colores, observó como esa sicópata se hacía cada vez más pequeña delante de sus ojos.

                -Lo siento. No se me ha ocurrido otra cosa que traerte aquí. Haré lo que me digas… menos lo que ya sabes. Puedo llamar a alguien si quieres.

<<Menos lo que ya sabes-pensó Julieta-Elliot, el mundo real>>

Se rindió y se dejó caer en la cama, cerrando los ojos momentáneamente.

                -Déjame pensar un momento-murmuró, intentando que su mente se quedara en blanco.

                -No sabía que habías vuelto a las andadas. Tú y tu cáncer… otra vez-bromeó Jess, volviendo a hacer algo típico de ella misma. Comentarios que sabían a veneno.

Julieta la miró, ardiendo en esa furia incontenible que le quemaba las entrañas. En su pecho se abría un agujero profundo, ese amigo que le recordaba que los mañana, eran sobre todo un breve quizás.

                -Vete. Déjame sola.

                -Julieta Pope…

Oír su nombre pronunciado por ella, fue el detonante del nudo que se abría paso en su garganta.

                -Te he hecho daño… mucho, te he destrozado la vida-reconoció, sintiendo como las lágrimas se precipitaban por sus mejillas- pero tienes que parar. No puedo vivir así… no… no puedo-sollozó, fijándose en sus ojos color miel, cada vez más lejanos.

Jess parpadeó un par de veces y ladeó la cabeza en un movimiento torpe, como si sufriera un profundo dolor físico.

                -No he venido para hacerte más daño. Quería llegar a un acuerdo… hablar-explicó.

                -Hablar-susurró Jul, soltando una risita nerviosa-Eso es extraño viniendo de la mujer que intentó acabar conmigo en varias ocasiones.

                -Lo sé, tal vez perderlo todo me haya hecho darme cuenta de mis errores, de que hay sentimientos incontrolables que te ciegan… de que no quiero ser así. Te odio con todas mis fuerzas-le tembló la voz e hizo una pausa-pero sé que es irracional.

Ni siquiera se atrevió a contestar. No se le ocurría nada que decir ante esa inesperada confesión. Noto un profundo estado de libertad, un torrente emocional desconocido y asombroso. Después vino la desconfianza. Amarga y fría.

                -Me debes algo-le dijo por fin, embriagada por el poder.





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